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OPINIÓN LIBERTAD Y PROGRESO

COLUMNA

"La riqueza se crea, El estatus se disputa."

Por qué la psicología humana confunde el éxito productivo con la explotación y por qué esa confusión termina en política confiscatoria.

La creación de riqueza no es, por naturaleza, un juego de suma cero. Las fortunas pueden crecer con innovación, inversión y la expansión de la prosperidad, no con el saqueo del vecino. La psicología humana, sin embargo, sigue siendo hipersensible al estatus relativo: valora la posición social por encima de las ganancias absolutas e incluso acepta pérdidas personales con tal de achicar una desigualdad percibida. Esa tendencia convierte el éxito productivo en sospecha moral y las comparaciones económicas en conflictos políticos. Este verano, Elon Musk se convirtió en el primer billonario de la historia. Quienes siguen su trabajo celebraron el valor de mercado y los empleos que ayudó a crear al abrir camino a los autos eléctricos y a los cohetes reutilizables. Los críticos trataron el hito como un referéndum sobre la desigualdad. Bernie Sanders invocó “la codicia y el poder de una clase dominante”. Alexandria Ocasio-Cortez y Elizabeth Warren renovaron la exigencia de gravar la riqueza extrema. Luego las acciones de SpaceX volvieron a caer por debajo de su precio de oferta pública inicial y la fortuna de Musk se redujo a unos 850 mil millones de dólares, lejos de su breve pico de 1,4 billones. La caída casi no generó comentarios. Cuando Musk “ganó” cientos de miles de millones en riqueza no realizada, la política habló como si ese dinero se lo hubiera quitado a todos los demás. Cuando desaparecieron más de medio billón de dólares, nadie sugirió que esa riqueza hubiera regresado al público. En todo caso, millones de accionistas —incluidos trabajadores que poseen acciones y las cuentas de jubilación de ciudadanos comunes— perdieron dinero. Los economistas pueden explicar la diferencia entre ingreso y capital, entre riqueza en papel y efectivo disponible. La controversia de fondo, no obstante, es psicológica. A los seres humanos les disgusta la desigualdad incluso cuando la marea alta levanta todos los barcos. Si cada centibillonario donara más del 99 por ciento de su patrimonio y se quedara con un solo mil millones, mucha gente seguiría lamentando que existan multimillonarios. No es la miseria ajena lo que los mueve. Es el rango. Dos juegos distintos La riqueza se puede crear. Por eso la economía crece cada año y por eso la mayoría de la gente puede permitirse bienes —un refrigerador, un teléfono, un viaje— que hace dos generaciones eran lujos o imposibles. El estatus, en cambio, es un juego de suma cero: si una persona sube de rango, quienes están por debajo bajan, por definición. Los experimentos de psicología social lo muestran con constancia. Muchos preferirían un ingreso menor que los coloque por encima de sus vecinos antes que uno mayor que los sitúe por debajo. Su salud y su felicidad dependen más de la posición relativa que del ingreso absoluto. La gente incluso pagaría para cerrar una brecha. En el clásico juego del ultimátum, cuando una persona propone cómo dividir 100 dólares y la otra solo puede aceptar o rechazar el trato para ambos, una oferta desequilibrada suele ser rechazada: quien responde renuncia a 20 dólares reales para impedir que un desconocido se quede con 80. La asimetría aparece temprano. Niños de cinco años sacrifican parte de su propia recompensa con tal de mantener una ventaja sobre un compañero. La envidia no es un capricho aislado. Es un sistema evolutivo para detectar diferencias de rango y de recursos. Los seres humanos se formaron en grupos a la vez cooperativos y competitivos. Compartir alimentos e intercambiar de manera recíproca producía beneficios mutuos; el acceso a la tierra, a los aliados y a las parejas era limitado, y el ascenso de un rival podía recortar la propia participación. Estar atento a quién tenía más era adaptativo. El problema empieza cuando ese sistema no distingue entre extraer y crear. Una fortuna ganada al inventar algo útil —un auto que no quema petróleo, un cohete que se usa dos veces, un software que multiplica la productividad de millones— debería celebrarse. Interpretarla como amenaza es un error cognitivo con consecuencias políticas: justifica quitarle a quien produce para aplacar a quien compara. El botín que no existe Musk no posee un billón de dólares en alimentos, casas o efectivo. Posee participaciones en empresas cuyos precios reflejan lo que los inversionistas esperan que esas compañías produzcan. Comparar la fortuna de un solo hombre con la riqueza combinada de poblaciones enteras convierte un balance financiero opaco en un problema tribal: un miembro de la comunidad parece haberse apropiado de la presa común. La creencia en el juego de suma cero también transforma la comparación personal en una moral de coalición. Un hombre que resiente a un vecino más rico se siente pequeño. Un hombre que resiente a una clase de “explotadores” se siente virtuoso. George Orwell vio el patrón con claridad: el socialismo suele estar motivado más por el odio a los ricos que por el amor a los pobres. Ese odio no produce abundancia. Produce normas que tratan de manera distinta a las personas según cuánto hayan logrado. Impuestos progresivos, gravámenes al patrimonio y techos políticos a la fortuna no igualan a los ciudadanos ante la ley: los clasifican. Castigan el resultado visible de la creación de valor y premian la narrativa de que el éxito de uno es, por necesidad, el despojo de otro. Musk puede recuperar su cuarta coma o perder otros cientos de miles de millones. Su posición puede oscilar con violencia sin que cambien en la misma medida las circunstancias de todos los demás. Por eso las ganancias producen indignación y las pérdidas, silencio. La cifra no se lee como capital productivo. Se lee como indicador de estatus. La posición del Partido Libertario de Chile (PLIB) El PLIB no entra a este debate como un apéndice de la derecha ni como una izquierda “moderna”. Su propia historia lo dice sin ambigüedad: nació como alternativa al socialismo de izquierda y de derecha. El eje útil no es izquierda–derecha, un esquema de doscientos años que agrupa a estatistas de signos opuestos y separa a quienes solo piden que los dejen en paz. El eje es libertad versus coacción. El libertarismo no es una ideología total que pretenda diseñar la vida de todos; es un marco de convivencia. Cada cual construye la suya, con sus propios criterios, sin imponerla. Los principios fundamentales del partido parten de una premisa anterior al Estado: cada ser humano goza de derechos inalienables —vida, libertad y propiedad— anteriores y superiores a cualquier autoridad. El Estado está compuesto por personas con intereses propios; por eso el objetivo no es administrarlo mejor, sino limitarlo y reducirlo hasta donde sea posible. Si esos derechos son agredidos, cada persona tiene derecho a defenderse con fuerza razonable. El compromiso con la libertad no es táctico. Es ético. De ahí la igualdad que el PLIB sí defiende: igualdad ante la ley. Tratar a todos del mismo modo, sin normas que hagan diferencias arbitrarias según el patrimonio, el gremio o la simpatía política. “La única diferencia real —dice su declaración— recae en las propias capacidades humanas y en el efecto que estas capacidades tienen en la realidad.” Pretender igualar resultados por decreto no es justicia. Es trato desigual con disfraz moral. El principio de no agresión es la base. Agredir es iniciar o amenazar violencia contra una persona o su propiedad. Un Estado, de existir, debe ser mínimo: policía, tribunales y defensa para proteger de la agresión, el robo, el incumplimiento de contratos y el fraude. Todo lo demás —incluida la “solidaridad” cobrada a la fuerza— es invasión. El PLIB no niega la solidaridad. Niega que el gobierno la sustituya. La solidaridad forzosa no cultiva virtud: convierte al Estado en un aparato de saqueo entre ciudadanos y antagoniza a quien produce con quien compara. En materia tributaria el partido es explícito. Un Estado mínimo necesita financiamiento, pero los libertarios consideran los impuestos un robo y rechazan toda forma de impuesto progresivo o regulación que implique un trato desigual frente a la ley. Gravitar sobre “los súper ricos” porque su cifra ofende no es una política contra la pobreza. Es una política de rango. Confunde un precio de mercado —expectativas sobre producción futura— con un botín que el fisco podría repartir sin destruirlo. La justicia que guía al PLIB no es redistributiva. Es retributiva: justicia en la adquisición, justicia en la transferencia y rectificación cuando hubo agravio, según la máxima “de cada quién como escoja, a cada quién como es escogido”. Musk no le quitó el refrigerador a nadie. Inventó empresas cuyo valor depende de lo que otros, en libertad, están dispuestos a pagar por lo que esas empresas harán. Celebrar eso no es idolatría. Es reconocer que la prosperidad no se extrae de un pozo común: se crea. Por eso la posición institucional es nítida. El enemigo de los pobres no es el inventor que multiplica bienes y empleos. El enemigo es el aparato que, para aplacar la comparación social, trata la propiedad legítima como presa comunitaria y la desigualdad de resultados como delito. El PLIB no promete un país donde nadie destaque. Promete un país donde destacar no sea motivo de saqueo. Menos Estado, más libertad, más progreso: no como eslogan, sino como antídoto a una psicología tribal que todavía cree que si alguien sube, el resto tuvo que bajar.